¡Alzheimer. Qué palabra tan difícil de digerir!

¿Alzheimer? ¡No puede ser! ¿Está seguro Doctor? Sí, estoy seguro, mire usted la resonancia magnética que le tomamos a su Papá, y ahí continuó con una serie de explicaciones médicas que me hacían sentir escalofríos, trataba de respirar profundamente para evitar las lágrimas que mojaban mis ojos.

Y, ahora, ¿qué debemos hacer? Pregunté con la esperanza de recibir una respuesta milagrosa o, tal vez, una receta que sanara a mi Papá. La Psiquiatra ya viene, ella podrá guiarlos mejor que yo sobre los pormenores de esta enfermedad. Exhalé profundamente y entré a la habitación de la clínica donde mi Papá, después de dos semanas en la UCI, había sido trasladado. Noté la mirada perdida de mi Papá y los ojos sorprendidos de mi Mamá que, como buena Madre que conoce como nadie a sus hijos, intuyó que no eran buenas noticias. Afortunadamente, si esta palabra cabe, la Psiquiatra entró, nos saludó y nos comunicó a mi Madre, a mis hermanos y a mí la noticia que yo ya sabía pero que tenía miedo de divulgar. Posteriormente, la Doctora le preguntó a mi Papá cómo se llamaba, en qué año estábamos, cuántos años tenía, en fin… de las cuales respondió solo una bien, su nombre. Salimos de la habitación mi Madre y yo totalmente desconsoladas y al llegar a la estación de las enfermeras mi Mamá les preguntó dónde quedaba la Capilla, porque ahora hay que orar para pedir que su Papá se mejore.